El secreto de la vejez saludable. El huerto terapéutico

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No es cuestión de discusión los beneficios que aporta a la vejez, tanto mentales como físicos, alguna actividad que requiera de ejercicio mental; pintura, música, baile… Pero, ¿y en el caso de la huerta?

Yo era solo un chiquillo, cuando disfrutaba mis veranos y vacaciones en la típica casa de campo tan de moda en los 80. Construida piedra a piedra por mis abuelos. Allí vivían y realmente la mantenían como si de un edén se tratara.

Tuve la oportunidad de ver el cambio de tonalidades de las estaciones. Sentarme con ellos a “la fresca” de una noche de verano, quedarme dormido viendo el fuego en la chimenea de invierno, de maravillarme con la floración del almendro en febrero llenando el campo de un manto blanco como si de nieve se tratara, embriagarme con el perfume de azahar en primavera, disfrutar de un racimo de uvas bajo la sombra de un algarrobo o cómo no, ir a buscar caracoles cuando dejaba de llover. Por supuesto, debido a la edad que tenía, también me pasaba los días subido a los pinos, buscando nidos, cazando ranas y saltamontes o escondiéndome entre las tomateras cuando los abuelos gritaban mi nombre; a modo sirena de coche de policía a la búsqueda de un delincuente.

Pero si mi abuelo era un buen agricultor, lo de mi abuela con las flores no tenía nombre. Para que nos entendamos diremos que ella era: una ornamentalista de primera calidad, “high level”, clase A o bussines… sus jardineras nunca dejaban de tener flor, eran la fiesta sin fin de geranios, azaleas, rosales y camelias entre muchas muchas otras.

Pese a la avanzada edad, las tareas del campo y huerto, siempre se mantenían al día.

La leña estaba preparada para invierno, los frutos recogidos, con sus mermeladas y conservas correspondientes, las flores y hortalizas entutoradas, podas, riegos… todo.

Se respiraba amor, salud pero, quizá por la crisis, dinero no. Así que se vieron obligados a vender el campito y mudarse a un pisito en Valencia. Un pisito sin jardineras, ni almendros, ni tomates que entutorar… pero con TV!. No habían pasado más de 6 meses cuando a mi abuela le diagnosticaron parkinson y alzheimer y unos cuantos meses más cuando mi abuelo comenzó a tener problemas de artrosis y vejez prematura. Al cabo de tan solo año y medio de “la mudanza” falleció mi abuela y hoy en día, pasados 5 años, aún tengo la suerte de poder ver a mi abuelo aunque sea en una residencia.

En cada visita le llevo unas pocas naranjas, algún racimo de uva… y entonces, se le aclara la mente, alza la vista y con una sonrisa en la cara me dice:“De nuestro campo, ¿verdad?”

Yo, no puedo evitar engañarle: “Claro que sí abuelo.”

Gracias al proyecto de Parcel·les he tenido la oportunidad de entrevistar a muchas personas mayores, entre ellas María del Carmen “Conchi”, una entrañable jovenzuela de 90 años, física y mentalmente muy ágil. El motivo de mi entrevista era por su relación con la huerta a día de hoy, ya que mantiene un huertecito de unos 200vm2. He de aclarar que para muchos, ese tamaño de huerto “nos queda grande” por la cantidad de cuidados, control de malas hierbas, etc. que necesita. Y entre todas las capacitaciones y lecciones de la vida que me regaló durante la entrevista, recuerdo y viene al caso, esta:

“Yo (Conchi) recomendaría, es más, obligaría a las personas mayores a mantener un huerto. Además de todas las bondades que brinda, creo que les ayudaría a mantenerse mentalmente más sanos y sanas.”

Como comprenderéis, le dí toda la razón.

El número de huertos terapéuticos, huertos en hospitales e incluso en residencias de ancianos está creciendo exponencialmente en los últimos años. Ejemplos muchos: noticias y referencias. Y es que quizá se hayan dado cuenta de algo…

Supongo que los/las lectores/as más suspicaces ya se habrán dado cuenta de lo que quiero transmitir: existe una relación directa con el estilo de vida y las enfermedades degenerativas, o dicho de otra forma;

Interaccionar con la naturaleza, mantener un campo, un huerto recreativo o estar al cuidado de un jardín, alarga la vida o, al menos, dignifica los últimos días.

Hugo Palanca